“Se necesita coraje para pararse y hablar. Pero mucho más para sentarse y escuchar”.Winston Churchill

Leía, no hace mucho tiempo, los resultados del estudio que una prestigiosa consultora en RR.HH. había realizado, analizando lo que un determinado colectivo, comprendido entre los 30 y 35 años, titulados medios y superiores opinaba, sobre aquellos aspectos que, en su trabajo, les creaban una desmotivación o los que incidían a la hora de tomar una decisión de cambiar de trabajo.

Pensaba que aspectos como el salario, ocuparían, si no el primero, uno de los tres primeros puestos, pero mi sorpresa fue cuando el primero, con gran diferencia sobre los demás era el que aparece en el título de este artículo “Mi Jefe no me escucha”.


Ello me llevó a reflexionar sobre que ocurre en un entorno laboral, para que personas capaces, excelentes profesionales, terminen buscando en el mercado otro Jefe, tal vez menos competente, tal vez un puesto de trabajo menos retribuido pero, en definitiva, un lugar donde se le escuche o, diciéndolo en términos claros, se sienta valorado como “persona” con sus virtudes y sus defectos, donde pueda expresar y desarrollar sus capacidades, al margen de otras consideraciones que, no dejando ser muy importantes, ocupan un lugar secundario.

Las relaciones humanas y profesionales son imprescindibles para todos nosotros, no solo para poder conseguir avanzar y prosperar en todos los niveles de la vida y para ello, es fundamental establecer un vínculo recíproco de confianza y afinidad, que solo se consigue, comprendiendo a las demás personas que nos rodean. Hay que poner en práctica la difícil cualidad de saber escuchar.

Las personas somos egoístas y, desgraciadamente, en esta sociedad en la que vivimos se está incentivando, en vez de mitigarlo. A cada uno de nosotros solo nos importan nuestros problemas, que nos ayuden y escuchen, eso sí, los del resto nos dan igual. Si nos preguntásemos, ¿qué utilidad tiene escuchar a los demás? y, a pesar de que no se nos ocurra, la respuesta es muy sencilla, ya que, en la actualidad, para conseguir cualquier cosa o meta en nuestra vida necesitamos la ayuda directa o indirecta del resto de individuos. Si solo nos preocupamos de nosotros mismos sin prestar la más mínima atención a los demás, tarde o temprano nos quedaremos aislados.

Si lo que hacemos es, interrumpir constantemente al que nos habla, juzgar rápidamente sus palabras sin mirarle a los ojos, pensar que nuestras cosas son más importantes, hablar constantemente de nosotros cuando estamos con otras personas que intentan transmitirnos como se encuentran, que les preocupa, que opinan de su trabajo, etc., si es habitual en nuestro comportamiento, no tendremos la cualidad de saber escuchar.

No deberemos confundir entre oír y saber escuchar. Existe una gran diferencia ya que, cuando solo oímos, nos da igual lo que nos dicen los demás, no prestamos la más mínima atención. Por el contrario, cuando escuchamos, ponemos atención a lo que nos comunica nuestro interlocutor, porque realmente nos importa lo que nos dice.

Según Robertson, todos pensamos que escuchar es importante, pero, ¿cuántos de nosotros lo hacemos bien?; sería interesante encontrar uno, dos, o quizás tres personas, entre cien altos ejecutivos, que fuese, de verdad, un buen escuchante (*).

Mucha gente centra su atención en lo que va a decir después de que termine de hablar la otra persona. Ni siquiera intentan comprobar lo que creen haber escuchado y, mucho menos reconocer el tono o los matices emotivos. Se trata de errores fundamentales a la hora de emplear esta habilidad básica.

Con independencia de los estudios que hayamos cursado o de nuestra experiencia, debemos aprender a escuchar.

En sus investigaciones sobre la Inteligencia Emocional, Goleman identificó el arte de saber escuchar entre las principales habilidades de las personas con altos niveles de inteligencia emocional. Goleman  la considera como la primera de las aptitudes que determinan el manejo de las relaciones, lo que posibilita comprender a los demás, en lo que se incluye percibir sentimientos y perspectivas ajenas, e interesarse activamente por sus preocupaciones.

Saber escuchar, comenta Renny Yagosesky, es una muestra de cortesía que nos hace ganar amigos y nos permite prevenir y anticipar la manera más adecuada de tratar con personas conflictivas y complicadas. Al sentirse escuchadas, las personas se relajan, se abren y nos muestran su mundo interior, sus creencias y valores. Cuando les prestamos atención sincera, les damos una oportunidad de acercarse, de desahogare y de crear o ampliar un vínculo franco y duradero.

Tener la paciencia de escuchar sin interrumpir, posibilita que el conversador atento escoja con cuidado sus palabras, ideas y planteamientos.

Lamentablemente, no somos tan buenos escuchantes como podríamos serlo, pues pocas veces valoramos con justicia la importancia de saber escuchar y no estamos entrenados en esta habilidad. Algunos de nuestros errores conversacionales más frecuentes, son:

  1. Prestamos poca atención a nuestros interlocutores
  2. Interrumpimos repetidamente la conversación.
  3. Reaccionamos impulsivamente ante cualquier discrepancia.
  4. Desviamos la conversación hacia donde deseamos, ignorando el interés del otro.
  5. Mostramos con nuestro tono de voz, apatía o agresividad.

Para convertirse en un buen comunicador basándonos en el poder de escuchar, podemos implementar algunas medidas inteligentes basadas en el respeto y el sentido común,  que Renny Yagosesky nos refiere, como:

Valorar la capacidad de escuchar como una cualidad importante. Conversar de manera consciente. Respetar los estilos de relación individuales y no juzgarlos o contradecirlos si no es estrictamente necesario. Practicar la auto limitación verbal (hablar lo necesario) para acostumbrarse a escuchar. Controlar el impulso de interrumpir, desmentir o aconsejar y prestar atención a los valores y emociones de los otros, pues nos indican las causas de sus conductas.

Mirar a nuestro interlocutor, aunque con intermitencia para no asustarlo, responder a sus preguntas o afirmaciones, usando palabras, expresiones cortas (“ah”, “entiendo”, “claro”) o pequeños gestos o movimientos de cabeza o manos.

Todo un Arte el saber escuchar. El que escucha, practica un arte sin expectativas por el que alcanza, no solo la comprensión intelectual de lo que recibe, sino la comprensión emocional.

(*) Consultar el primer diccionario del idioma español que existió, el de 1732, que define como participio activo del verbo “escuchar” y con el significado de “el que escucha”.