El valor de la experiencia

La “experiencia” es el aprendizaje adquirido a partir de los acontecimientos vividos. Tener “experiencia” significa tener la capacidad de aplicar el conocimiento y las habilidades adquiridas, con los años de trabajo, a los nuevos retos empresariales. En los actuales momentos de crisis, es frecuente observar cómo se prescinde de personas con una gran experiencia, esto tiene por consecuencia que el valor de la experiencia, el conocimiento, el “saber hacer” en nuestras empresas, quede mermado de forma considerable, poniendo incluso en riesgo su futuro y viabilidad.

Las decisiones que se toman en los ERE, se corresponden en muchos casos, con prescindir de personas válidas por el hecho de tener una edad, o un coste superior al que se puede obtener contratando con la ingeniería de la nueva y cambiante legislación laboral. Tales decisiones deberían ser cuidadosamente analizadas. Les refiero un interesante relato del psicólogo y experimentado formador Giovanni Pecoraro, dice así:

1

Aquello no molestaba al viejo profesor, acostumbrado como estaba al atrevimiento y vanidad de sus jóvenes alumnos, si bien consideró oportuno aprovechar la oportunidad para impartir una de sus enseñanzas… “El valor de la experiencia”.

Una mañana se presentó en el aula con una piedra, pidió a los alumnos que abriesen las ventanas y observasen a los transeúntes que pasaban por una acera cercana. Mientras los intrigados alumnos se distribuían junto a las ventanas, el viejo profesor arrojó la piedra en mitad de la acera.

Era un día caluroso y desde las ventanas podía observarse un continuo ir y venir de numerosos estudiantes, frecuentemente con paso rápido y abstraídos entre sus pensamientos y la música de sus auriculares. Como era de esperar, apenas transcurrieron un par de minutos cuando se produjo el primer tropiezo, la joven víctima hizo un gesto de desagrado sin llegar a detenerse.

La pesada piedra se había desplazado tan solo unos centímetros y continuaba en mitad de la acera, así que el siguiente tropiezo no se hizo esperar. El desdichado, aunque logró mantener el equilibrio, apunto estuvo de caer al suelo. Recuperado del susto hizo un gesto que evidenciaba su enfado.

2

Uno de los tropiezos en particular desencadenó un cúmulo de carcajadas en el aula, durante unos metros el infortunado no dejó de gesticular y maldecir, no se sabe si de su suerte o acordándose de quien puso allí la piedra, en todo caso y una vez más, su queja y disgusto se hizo patente.

Durante la siguiente hora la piedra siguió causando infortunios a los despistados transeúntes con igual resultado, ya fuese un gesto desairado, un exceso verbal o ambas cosas a la vez.

Hasta que inesperadamente apareció a lo lejos una persona de avanzada edad. De repente todos fijaron su mirada en aquella encorvada figura que en su lento caminar apenas levantaba los pies del suelo. No pocos fueron los que con sorna vaticinaron un perverso desenlace, no obstante nadie hizo nada por impedirlo. Se podía percibir en sus caras que la atención crecía a medida que piedra y anciano reducían distancias. En el último momento, un profundo silencio se hizo en el aula a la espera del desenlace.

El profesor observaba en silencio y con un rostro inmóvil, fruto de una mezcla de pensamientos… por un lado su preocupación por el riesgo que corría el anciano, junto con el convencimiento acerca de un favorable final.

El anciano llegó a la altura de la piedra, se detuvo, la observó unos instantes antes de cogerla y, finalmente, la arrojó a una cercana papelera. Sin más demora, reanudó su rumbo con su tranquilo y característico caminar.

El rostro del viejo profesor irradiaba satisfacción pero, lejos de alimentar su vanidad, intencionadamente no quiso incidir en el valor de la experiencia acumulada por la edad. Al término de la clase simplemente añadió “En numerosas ocasiones y con demasiada insistencia nos limitamos a sufrir y quejarnos de la adversidad, cuando en realidad debiéramos dedicar nuestro tiempo y esfuerzo en buscar soluciones.

La mayoría de los alumnos quedaron admirados de cómo aquel anciano había sido el único en eliminar el riesgo y aportar una solución al problema. Pero un pequeño grupo de jóvenes se resistía a apreciar el valor de una experiencia vital de la que ellos carecían, así que idearon una nueva prueba para poner en cuestión la enseñanza del viejo profesor.

3

Al día siguiente se presentaron con una nueva piedra algo más pesada y grande, no estaban dispuestos a quedar en entredicho, así que colocaron la piedra añadiendo en la base una buena cantidad de pegamento rápido. Querían asegurarse que su prueba no fuese superada por persona alguna.

La escena volvió a transcurrir en parecidos términos, a la espera que el anciano volviese a pasar por allí. Finalmente, desde uno de los laterales de la calle, surgió la encorvada silueta de nuestro conocido anciano. En ese mismo momento algunos alumnos intercambiaron cómplices sonrisas entre sí, recreados en la seguridad que el anciano no podría mover la piedra.

Al llegar a la altura de la piedra el anciano se detuvo, la observó unos instantes antes de intentar cogerla, pero, como era previsible, no pudo levantarla.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, luego giró levemente la cabeza y arqueó las cejas sin dejar de mirar la piedra, su rostro mostraba una silenciosa y profunda concentración. A continuación se dirigió a la papelera en la que el día anterior había depositado la piedra, la cogió y dio con ella unos cuantos golpes sobre la piedra pegada hasta que ésta finalmente se desprendió, ahora sí la levantó y depositó en la papelera, al igual que hizo con la otra piedra. Después de tomarse un breve respiro prosiguió su camino.

Entre gestos de aprobación y admiración, un largo y sentido aplauso desde las ventanas sorprendió al anciano. No entendía el motivo, pero ello no impidió que hiciese un gesto de saludo con la mano y regalase una cálida sonrisa.”

Esta lectura es una invitación a reflexionar seriamente antes de tomar decisiones que nos lleven a prescindir de tan valioso capital humano para nuestras empresas. El mayor activo de las empresas es el valor de las personas que la componen. Son muchos los directivos que lo predican, aunque a la hora de la verdad, no siempre sus actos concuerdan con su discurso.

Salvador Barandiarán Ors
Vocal de la Junta de Gobierno

 

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